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Dar la vida por una putada.



Amor fugaz. Real, pero pasajero. Como el viento, o algo así. No sé. Yo prefiero llamarle putada.

Putada por enamorarte de una mirada. Rápida. Desconocida. Ajena. Que la sientes como tuya, porque sabes que le está pasando lo mismo. Pero apartas la vista. Por vergüenza, o vete tú a saber.

Sigues andando. Te pierdes entre la gente. Unos van con prisa, otros simplemente pasean y los niños corretean unos detrás de otros. Te chocas con un hombre alto. Pides disculpas. Joder. Dónde mierdas se habrá metido. Le buscas entre la gente, entre la multitud. ¿Qué ropa llevaba puesta? Yo qué sé, solo pude sentir cómo me miraba. Sentí lo que él sentía o pensaba. Incluso pude ver cómo sonreía mientras mostraba un semblante serio. Mierda, ¡mierda! Ahí está. Sólo. Aunque ahora me tiene a mí, desde hace apenas diez segundos. Lo sabe. Sé que lo sabe. Porque sé que él también ha podido ver lo que siento y lo que pienso. Ha podido ver que le he sonreído, sin que nadie más se percatase de ello.

Encuéntrame. Por favor. Encuéntrame sin necesidad de buscarme. Diles a esos ojos por los que mataría, o moriría, que me digan que me quieres. Y te dejaré en paz.

Y sucede. Como si alguien me hubiese oído pensar. Me mira, oigo hablar a sus pupilas. No gritan. Susurran. Eso les hace únicas. Pero vuelvo a perderlas. A perderle. Entre la gente.

Y mi mirada le gritó que le echaría de menos. Y la suya lo escuchó, independientemente de haberse cruzado o no con la mía.


P.D.: pero quién sabe. El mundo es un pañuelo, dicen.

¿Me susurras bajito, al oído?

Eres como un soplo de aire fresco en la mañana. Como el primer rayito de sol del amanecer y el último del atardecer. Único.



El viento y su silencio. Ese silencio que trae consigo tu nombre. Lo adoro. Se piensa que voy a olvidarlo, a olvidarte. Maldito iluso... (Nunca)


Hay silencios que no se olvidan. Silencios que podrían llegar a romperte el tímpano al llevar en su interior los gritos que el alma provoca cuando las cuerdas vocales se niegan a emitir sonido alguno; cuando el corazón está a punto de salir del pecho, pero la cabeza obliga a callar. (Miedo)


¿Sabes de esas lluvias que calan no sólo por fuera, sino que también hacen que te empapes por dentro? ¿Esas que podrías observar desde la ventana con un café caliente en la mano, pero que prefieres vivir? (Hmm, vida. Suena bien). A veces hay que vivir algo para entenderlo. Para mí, la lluvia era odiosa; no soportaba salir de casa y calarme entera, de arriba a abajo. (De hecho creo que sigo sin soportarlo...). Pero, sin querer, ese odio disminuyó notablemente la noche que salí a la calle con la única intención de mojarme. Sé que puede sonar estúpido. (Seguramente lo sea). Me limité a cerrar los ojos y sentir cómo iban cayendo sobre mí esas pequeñas gotitas de agua, una tras otra. Notaba cómo mi respiración acelerada tornaba a ser tranquila, apacible. (Calma). Sonreí y, al hacerlo, hubo algo que me sobresaltó de tal forma que mi corazón, junto con mi respiración, retomaron una velocidad de vértigo; el viento gritó su nombre.

Aléjate y observa.

Shhh... Hoy ningún pero, ¿vale?



Y, al conocerle, noté cómo el Universo me quería de repente. El mundo nunca estuvo de mi parte, pero eso ahora no importa. ¿Qué es el mundo comparado con toda una galaxia? Muchas veces las cosas van mal porque no nos hacemos preguntas como esa. He de reconocer que no creo en el amor a primera vista, aunque antes sí lo hacía. Lo único que ha cambiado en mí ha sido la forma de ver todo lo que me rodea. Esa puede ser la segunda causa por la que las cosas no vayan bien. La mayoría de las personas se limitan a mirar, y piensan que eso ya es suficiente para ver. Y no es así. Hay que aprender a mirar hacia dentro. Las personas son algo más que una cara y un cuerpo. Más que una forma de vestir.



Hace ya un tiempo que aprendí a hablar con las sonrisas, con los gestos, con las miradas que recibía. Pero también con todo eso invisible a los ojos de cualquiera. Hay tantas cosas que sentir y conocer de una persona, que si intentase numerarlas tendría que descartar hasta al infinito.




Pero te contaré un secreto: Para ver, basta con cerrar los ojos... sólo eso.



Y que te jodan.

¿Qué puede haber más estúpido que cambiar para ser aceptado?




Me he cansado de ser otra persona sólo por agradar a los demás. Y, ¿sabes una cosa? No hay nada mejor que ser uno mismo, aunque por ello seas criticado. ¿Que te molesta cómo soy? Pues lo siento. Yo seguiré amando la cara de empanada que tengo nada más levantarme, los pelos de loca, el pantalón remangado y la camiseta torcida. Seguiré siendo feliz cuando leo un libro mientras tú mueves la cabeza a destiempo a la vez que escuchas 'musicote' con tus colegas. Seguiré prefiriendo quedarme en casa, debajo de la manta y viendo cualquier película o serie chorra que haya en la tele, que salir de fiesta a guarrear. ¿Que escucho ruido y no 'música de verdad'? Pues perdona, tendremos conceptos diferentes. Seguiré estando a gusto mientras ando por la calle con los cascos puestos, sin pensar en ti, que pasas mirándome y criticándome por al lado, y viviendo en mi nube, y no en este maldito mundo. Seguiré siendo rara, porque me encanta. Ah, ¿sabes? Lo raro suele ser sinónimo de lo especial. No sé qué concepto tienes tú de la palabra 'normalidad', pero yo, desde luego, no creo que esa sea una palabra objetiva. Seguiré tomándome mi capuccino a media tarde y mi ColaCao antes de dormir. Yo no hablo con animales, hablo con seres vivos, adjetivo no aplicable a tus colegas. Seguiré usando una camiseta enorme como pijama en verano. Seguiré abrazando a mi peluche cada noche. Seguiré prefiriendo una tarde llena de mimos, besos, caricias, mordiscos y abrazos, antes que una noche de sexo duro. Seguiré creyendo en la magia, en el destino y en la posibilidad de realizar utopías. Seguiré subrayando cada frase o palabra que me llame la atención de un libro. Seguiré utilizando lo analógico antes de lo digital. Seguiré creyendo en cosas que nadie ve. ¿Y sabes por qué? Porque soy así. Y si veo que te jode, sonreiré, para que el grado de molestia que te cause se multiplique por un millón.

Aceleras, pero él te ayuda a ir despacio.


Tonteas. Tonteas. Tonteas. Tonteas. Tonteas. Te ilusionas. Te enamoras. Sufres. Te haces promesas. Promesas que sabes que no vas a cumplir. Promesas como las que esa persona te hizo un día. Promesas que se van con el viento. Promesas que creías que algún día se cumplirían, pero que en este momento son inexistentes. Aunque un día tuvieron vida. Como tú. Prometes no volver a enamorarte. No volver a decir te quiero, ni nada que se le parezca. Prometes no volver a soñar con la sonrisa de alguien cuando duermes y querer tenerle al lado cada mañana cuando despiertes. No volver a hacer regalos estúpidos que no llevan a ninguna parte. No volver a escribir, ni para él ni para ningún otro. No volver a soñar. No volver a caer. Prometes acelerar sin pensar si vas o no muy deprisa. Acelerar. Pensar en ti antes que en nadie. Olvidar todos esos sueños que tenías en la cabeza. Esos malditos pájaros que no dejaban de revolotear y te guiaban, esos que querían que cumplieses todo aquello que anhelabas. Aquello que soñabas. Pero un día llega alguien que te enseña a frenar, que devuelve la vida a todo lo que quedó inerte. Y saltas. Llámalo locura, yo prefiero llamarlo magia, amor, vida. Saltas al vacío. No piensas en nada, tu mente se queda en blanco cuando ves que te mira. Es otro, no es la misma persona que te hizo daño. De hecho, es completamente diferente. Te entiende, te escucha, te mima. Pero cuando estás a punto de caer, cuando estás a punto de rozar el suelo con los pies, se para el tiempo. Te detienes. De repente tu corazón se acelera. Tienes miedo. Miedo de que la historia se repita, una vez más. Miedo de escuchar más promesas que no se vayan a cumplir. Miedo de soñar, miedo de vivir. Y entonces, cuando estás a punto de gritar o echarte a llorar, le ves. Ahí está, frente a ti. Y te dice que pares.  Para. Saltemos juntos. Y obedeces. Sonríes como creías que no ibas a volver a hacerlo. Vuelve a brillarte la mirada. Incluso sientes cosas que nunca antes habías sentido. Será que nunca habías estado enamorada, aunque estuvieses casi segura de que sí. Vuelves a soñar con la sonrisa de alguien y quieres tenerle al lado cada mañana cuando despiertas. Vuelves a hacer regalos estúpidos, que quizá no lleven a ninguna parte, pero le hacen sonreír, y eso te gusta. Vuelves a escribir, para él y para todo aquel que te anima a hacerlo. Vuelves a soñar. Vuelves a caer. Y frenas, porque él te ayuda a hacerlo. Piensas en ti, pero después de pensar en él. Vuelven los sueños a tu cabeza. Esos malditos pájaros que no dejan de revolotear y te guían, esos que quieren que cumplas todo eso que anhelas. Eso que sueñas. Alcanzas las nubes, llegas a tocarlas. Incluso puedes tumbarte en ellas. Y ahí te quedas, viviendo un sueño, tu sueño. Él te coge la mano, y vuelas.




Confesiones de un día como otro cualquiera.


Todo el mundo se pregunta cuál es el secreto de la felicidad, qué hay que hacer o a qué hay que renunciar para llegar a ella. Pues bien, yo os diré que también me lo pregunto cada día. ¿Decepción? Ya, bueno. Puedo tener respuesta para muchas otras cosas, pero el secreto de la felicidad no está entre ellas. De hecho, solo puedo decir un par de cosas al respecto. La primera, que la felicidad no es la meta. No. Eso hay que metérselo bien en la cabeza. La felicidad no es eso que perseguimos con todas nuestras fuerzas, por lo que tantos sacrificios hacemos y por lo que tanto sufrimos algunas veces. La felicidad es el camino. Es todo aquello por lo que pasamos. Las piedras, los muros, las lágrimas. Pero también las sonrisas y las buenas noticias que nos llegan cuando estamos recorriendo dicho camino. Ese que nos permitirá llegar a la meta y sentirnos dichosos, "felices". La segunda cosa que tengo que decir es que la felicidad no se consigue si es buscada. Es algo así como que si ella sabe que la buscamos, se esconde, cada día más y más. Por eso llega el momento en el que desistimos. No la encontramos. Y eso es lo que ella quiere. ¿Vamos a darle esa satisfacción? No sé tú, pero yo no. Por eso hace tiempo que dejé de buscarla. Prefiero pensar que cualquier día aparecerá, por sorpresa. Y eso será lo que me haga realmente feliz. La sorpresa. Ese momento inesperado en el que todo cambia, en una milésima de segundo. Incluso el motivo de que todo cambie, de que todo sea diferente, puede ser un motivo completamente distinto al que perseguíamos. No hay mejor remedio para encontrar la felicidad, que dejar de pensar en ella. Pero que haya que dejar de buscar para encontrar, no quiere decir que debamos estar con los brazos cruzados esperando a que algo suceda. Hay que disfrutar. Disfrutar del camino. De las sonrisas regaladas, de los abrazos inesperados, incluso de los besos robados. De los tropezones que nos provocan las imperfecciones del camino de tierra por el que caminamos. De las lágrimas que cada día nos hacen más y más fuertes interiormente.

Yo espero la felicidad. La espero de veras. Pero ya no pienso en ella. Mientras ella se decide a aparecer, yo me refugio en la música, en los libros, en mi amada fotografía y en este pequeño sitio que he creado en la web. Me refugio en ellos porque son mi camino. Son lo que quiero hacer, lo que me llena un poquito más cada día que pasa, lo que me hace ser persona. ¿Queréis saber por qué? Pues bien, os lo diré. Los libros me hacen creer en imposibles, vivir historias que no son la mía, preocuparme por inquietudes que tiene alguien ficticio y vivirlas como si fuesen mías, enamorarme de alguien que no existe y vivir esa aventura como protagonista de dicha historia. Abro un libro para cerrar el mundo. La fotografía me hace desconectar, viajar a lugares insospechados sin siquiera moverme del sitio. Puedo jugar con la realidad, cambiar la perspectiva a mi antojo. Puedo crear luces y sombras. Puedo dar vida a algo inerte. Pulso un botón para crear magia. La música me hace desaparecer del lugar en el que me encuentre, sea cual sea. Hay tantas y tantas canciones con las que me identifico que podría calificarlas como mías. Las canciones son aún mejores que los libros. Cuando un compositor o cantautor escribe una canción, lo hace porque tiene algo que contar. Es una especie de autoayuda. Escribe desde lo más hondo del corazón, contando historias personales de forma que no lo parezcan del todo. La música es puro amor.  Me pongo los auriculares y vuelo. Vuelo al son de The Beatles, sueño cómo sería mi vida en mundos lejanos o imposibles gracias a la voz del increíble Lennon. Vivo cada una de las notas de "Michelle", mi canción favorita sin duda alguna, y juego con su melodía. Cierro los ojos y me siento en una nube, junto a Paul, mientras él canta con su incomparable voz cada uno de los versos de esa preciosa canción. Disfruto de la entonación que pone cuando canta en francés. Lo disfruto de veras. Me transporto al escucharlos juntos, a los cuatro. Lennon, Paul, Ringo y George. Grandes, muy grandes. Los mejores. Y bueno, qué decir de este pequeño sitio que tengo en la web. Como ya mucha gente sabe, no lo creé con intención de darlo a conocer. De hecho, nunca pensé que llegaría a leerme tanta gente. Yo simplemente buscaba paz, desahogo, compresión y ánimo. De vez en cuando, cuando sentía que el mundo me superaba y que todo lo que me rodeaba se me quedaba demasiado grande, encendía el ordenador y me ponía a escribirlo todo, para después publicarlo. Creaba un mundo: mi mundo. Supongo que lo que buscaba era dejar constancia de algo mío. Para mi sorpresa, un día vi que la gente empezaba a leer todas esas cosas que yo publicaba. Personas que, como yo, sufrían o, por el contrario, disfrutaban del día a día. Personas que me daban las gracias por escribir, que me felicitaban. Y hoy en día sigue siendo así. No solo he encontrado desahogo, sino también amigos. Amigos a quienes no conozco. No sé sus nombres, la música que escuchan, su color y número favoritos. No sé dónde viven, ni qué color de pelo o de ojos tienen. No sé nada sobre ellos. Pero están ahí. Y toda persona que esté ahí animándome, para mí es un amigo. Podéis creer toda esta parrafada o no, pero para mí todo aquel que me lee y me anima a seguir escribiendo es alguien importante en mi vida. Mucho. Y quiero que sepáis algo. No sólo escribo por mí. También lo hago por vosotros. Gracias a vosotros. Escribo por todas y cada una de las historias que quedan por contar.

Y repito: no busques la felicidad. Deja de pensar en ella, y aparecerá cuando más la necesites.

Dime, ¿qué ves?



¿Ves a esa chica? Parece feliz, ¿verdad? Contando chistes, sonriendo, pasando buenos ratos, haciendo el tonto y... muriendo por dentro. En realidad está herida. Y cansada. Cansada de fingir, cansada de no ser lo suficientemente buena, cansada de la vida que le ha tocado. Pero no quiere parecer triste, no quiere ser el centro de atención. Así que se lo guarda todo para ella misma. Actúa como si todo estuviese bien, pero llora por las noches, cuando la manta le tapa por completo, y el silencio se apodera de todos y cada uno de los rincones de su cuarto. Llora, pero sin hacer el más mínimo ruido, teniendo como únicos testigos a sus libros, esos en los que se refugia cuando todo le supera, cuando siente la necesidad de vivir una vida que no es la suya. Abraza su almohada, imaginando que es a él a quien abraza, a ese con el que sueña cada noche, con el que le encantaría pasar las horas, pero que está tan lejos de sus posibilidades. Llora, y llora. Y cuando despierta, al vestirse, lo primero que se calza es esa sonrisa que le caracteriza, esa que siempre lleva. Y así, todo el mundo piensa que es la persona más feliz que conoce. Que no tiene problemas y que su vida es perfecta. Aunque en realidad no sea así.

Hola, rey.



Si, Lucas es mi oso de peluche. Y tiene mucho más corazón que la mayoría de hombres que me rodean.

Tener miedo. Temer que todo acabe, que nada sea igual de un día para otro. Que, sin esperarlo, llegue ese final que intento evitar, y no poder hacer nada para remediarlo. Porque es imposible volver atrás, retroceder en el tiempo y pararlo para que nada cambie. Pero, quiera o no, sé que ese día llegará, y no sabré qué hacer. Entonces iré al único sitio en el que puedo ser yo misma: mi cuarto. Y abrazaré a Lucas, con todas mis fuerzas. Él, sin siquiera poder hablar, ha sido el único que se ha tragado mis lágrimas desde hace años. Y lloraré, como toda cobarde. Pero una cosa estará clara, y es que habré hecho hasta lo imposible por lo nuestro. Porque cuando veo una sola posibilidad de conseguir algo que quiero, lucho con todas mis fuerzas por ello, aunque la mayoría de las veces me choque contra una pared y no consiga ni lo más mínimo. Prometí que perseguiría todos y cada uno de mis sueños. Lo que no tengo claro es si tú sigues siendo uno de ellos. No sé si debo continuar por el camino que he seguido hasta ahora, o cambiar el rumbo, buscar otra meta. Porque está claro que no soy perfecta, y menos para esta sociedad. No soy rubia, ni tengo los ojos azules, ni ese 90 60 90 que todos buscan. No soy una Barbie. Pero tampoco estoy buscando un príncipe. Sólo a un chico que me haga sentir como a una princesa.

Sólo hace falta creer.

Vente conmigo a vivir a la mejor fotografía jamas hecha.



Sobrevivir. Yo lo intento cada día. Pero está claro que no puedo sola. Necesito una mano que apriete la mía taaan, tan fuerte, que sienta que jamás voy a volver a caer. Tengo miles de ilusiones. Millones. Infinitas. Como todo el mundo. Pero me diferencio de los demás en algo. Jamás he intentado perseguir un sueño, nunca se me ha llegado a pasar por la cabeza. Veía todo demasiado difícil. -Un sueño.. un sueño hecho realidad. Sería genial, ¿verdad?-. Hasta que un día me cansé. Me cansé de esperar a que alguien (quién sabe quién) realizase mis sueños, y hoy en día soy yo quien los persigue. Son míos, ¿quién más iba a querer cumplirlos? Nadie. Sólo yo. Y por eso lo hago. Me he hecho amiga de las piedras con las que tropiezo, amante de los muros y murallas que me impiden avanzar, y enemiga del final. Así siempre puedo caminar, sin miedo a que haya algo que me lo impida, y sabiendo que no habrá un final triste, porque simplemente no lo habrá. Esa es mi forma de ver las cosas ahora. Ese es mi mundo cuando cierro los ojos y camino. Cuando me pongo los cascos y me olvido de todo, menos de mí. Cuando cojo una hoja en blanco y un bolígrafo, y me pongo a escribir cada cosa que pienso sin detenerme un solo segundo. Porque creo en mí. Sé que puedo dar un paso adelante cuando quiera, como quiera y por quien quiera. Sonreír sabiendo que alguien puede hacerme una foto, y no pensando que alguien pueda enamorarse de mí. Tropezar mil veces sin tener que mirar a quienes me rodean, para ver si alguien me ha visto. Cantar. Bailar bajo la lluvia. Dibujar infinitos por todas partes. Sentirme Garfio y Peter Pan a la vez, Mufasa y Scar, Cenicienta y la madrastra. Que me sea totalmente indiferente si pierdo mi zapato de cristal, muerdo una manzana roja o pierdo mis piernas para convertirme en sirena. Ven y súbeme en una alfombra mágica. Llévame hacia el infinito, y más allá. Tatúame tu nombre en la planta del pie.



Quiero nubes de colores, ¿me bajarías una?

Just a dream.

Se que el sera el unico que llegue a quererme de verdad.


Qué vida perra. Nací, para esto. Para ser el ser más imperfecto que hay sobre la faz de la Tierra. Soy tonta, fea y muy, muy cabezota. Soy infantil, inocente, enamoradiza, peliculera, soñadora compulsiva. Miedosa, llorica, celosa y tengo mucho temperamento. No soy posesiva, pero me gusta presumir de lo que es mío. Sensible, alguien que se ilusiona con gran facilidad. La típica de pelo castaño y ojos marrones. Tengo una sonrisa horrible, y una nariz aún peor. Mi cuerpo no tiene siquiera definición. Soy alguien que escucha canciones tristes cuando está triste. Alguien que llora con películas románticas, e incluso con libros. Alguien que desearía morir en muchas ocasiones, pero que carece de valor para ponerlo en práctica. Soy desconfiada, incluso conmigo misma. Problemas de salud por todas partes. Imperfecta por naturaleza. Y no, con esto no quiero decir que quiera ser perfecta, porque no lo quiero ser. De hecho, eso sería peor aún. Quiero ser perfecta, pero perfecta para alguien. Que una sola persona se sintiese orgullosa de mí, de conocerme, de poder pasar tiempo conmigo, de poder darme un abrazo cuando le plazca, o un beso, o decirme te quiero en cualquier momento del día. Que me recordase todo el tiempo lo maravillosa que soy bajo su punto de vista. Pero, como hasta ahora, no esperaré gran cosa, sólo que esto cambie en un futuro, y que ese futuro no sea demasiado lejano.

Whatever. Whenever. With you.

Deja el miedo a un lado y camina, pero conmigo de la mano.


Miedo. Inseguridad. Nervios. Tristeza. Sonrisa. Felicidad absoluta. Miedo. Mucho miedo. Qué mezcla de sentimientos, cuántas sensaciones juntas. Sensaciones que son absolutamente contrarias, pero que a su vez se complementan. Separadas tienen mucho peso, muchísimo. Pero juntas lo tienen más aún. ¿Bipolaridad? No, no tiene nada que ver. ¿Carácter fuerte? Qué va, tampoco. Espera un momento, vuelve a leer esa pequeña parte del principio. Sí, sí, pero léela de verdad. ¿Ya? Y ahora bien, ¿te estás preguntando lo mismo que yo? ¿Por qué destaca el miedo? Aparece tres veces, dos de ellas seguidas, y una está potenciada. 'Mucho miedo' pone. ¿Me entiendes ahora, o aún no? El miedo siempre destaca, siempre está en lo más alto, intentando llamarnos la atención para que le hagamos caso. Nos incita a ser cobardes, a perder oportunidades, momentos clave, momentos únicos. Y nosotros le hacemos caso, nos hacemos 'amigos' del miedo y escuchamos sus consejos. Los humanos somos así de imbéciles. Sí, me incluyo. Yo he perdido grandes oportunidades, momentos clave, situaciones que hubiesen provocado un gran cambio, sea para bien o para mal. Si hubiese ignorado las propuestas del miedo, sus consejos, todo sería diferente ahora mismo. Tendría miles de recuerdos que no tengo, porque no los he llegado a vivir, y que fueron sustituidos por la duda y la pena. ¿Qué habría pasado si...? Te suena esa preguntita, ¿verdad? Hoy en día, el miedo me visita cada mañana, todos los días. Llama a mi puerta, o se sube en el pico más alto de la montaña gritando mi nombre. Es un gran amigo mío, después de tantos años. Pero he aprendido a vivir sin él algunos momentos de mi vida. Y, ¿sabes lo mejor? Que él lo entiende. El miedo entiende que no quiera hacerle caso, y apoya todas mis decisiones. Por eso, no dejes de vivir por miedo. Ignóralo, y acabará siendo tu gran apoyo.

No me quieras mucho, quiéreme bien.

Enamorame, quiereme como nunca antes has querido.


¿Sabes qué es enamorarse de verdad? Enamorarse es conocer a alguien y sentir que lo tienes todo, notar cómo revolotean mariposas en tu barriga, con más intensidad de lo normal cuando ves que se acaba de conectar. Enamorarse es tener a todas horas el corazón en la garganta. Enamorarse es.. es sentir cómo viaja el aire por tus pulmones al respirar; es no saber si dar saltos por toda la casa, reír, o llorar de felicidad. Enamorarse es tener una sonrisa permanente, de oreja a oreja. Enamorarse es sentir que harías lo que fuese por una persona, que incluso darías tu vida por la suya, sentir que quieres verlo a todas horas, desearle como a nadie. Enamorarse es como tu número favorito, como la canción que más escuchas, como cantar en la ducha, como encerrarte en tu cuarto y subir de golpe el volumen de la cadena de música. Enamorarse es la completa felicidad. Es pasarse el día con el móvil en la mano, cuando normalmente lo dejas tirado en cualquier sitio, y ponerte de los nervios cuando suena e intentas desbloquearlo para ver si es su nombre el que aparece en la pantalla. Enamorarse es mirar sus fotos todo el tiempo, darle a 'Inicio' en tuenti cada tres segundos, querer que se pase el día diciéndote 'te quieros' y llamándote princesa.  Enamorarse es tener la necesidad de hacerle feliz cada segundo que pasa, cada minuto. Es querer parar el tiempo cuando hablas con él, querer mirar su sonrisa durante todo el día, o durante toda la vida. Es despertarse en mitad de la noche, y mirar sus mensajes para ver si existe de verdad o ha sido todo un sueño. Es pensarle a todas horas, sin límite de tiempo. ¿Tiempo? ¿Qué es eso? Enamorarse es quererle mucho, muchísimo, o poco, poquísimo, pero quererle bien.

¿Cambiarme? Ni lo sueñes.


Después de un tiempo de reflexión, de relax, de replantearme todo... Después de eso, no he llegado a ninguna conclusión. No he decidido nada diferente a lo que me había planteado anteriormente. Sigo siendo esa chica loca, rebelde, soñadora como la que más, amante de la música y los buenos libros, loca por las pelis, las chuches, la ropa y las pulseras, fan del olor a gasolina y el 'pelo guás'. Loca por los skaters y los raperos. Sigo siendo esa mujer encerrada en el cuerpo de una niña, que sueña con vivir un cuento, creyendo en imposibles. Sigo siendo la misma. La que ama el olor a café, el sonido de una buena guitarra, los sábados con la música a todo trapo, las mochilas y los bolsos, la ropa deportiva, que alguien se le quede mirando en el metro o en el autobús, el twitter, ir a más de 150 kilómetros por hora en un coche, las guerras de nieve, los bikinis y los pantalones cortos. La que puede ser tanto optimista como la más negativa. La que cruza la calle con el semáforo en rojo, la que olvida el mundo cuando se pone unos cascos, la que se convierte en la reina del pop cuando está en la ducha, la que es feliz con una cámara en las manos, la que ama los pijamas bonitos y el monstruo de las galletas, la que duerme con un oso de peluche, la que adora los días de sol y playa, la que odia el frío pero le encantan las bufandas, la que tiene ocho millones de bolis pero no usa ni la mitad, la que adora viajar, ya sea en avión, coche, metro, autobús o tren, la que se desahoga escribiendo, la que conoce gente siempre que puede, porque le encanta. Soy la que llora cada noche, la que piensa en el futuro sin dejar atrás el pasado y olvidando el presente, la que podría pasarse un día entero viendo una película tras otra, la que ama la fiesta, la que se emborracha de vez en cuando, la que odia que la gente coma con la boca abierta, la que tiene millones de relojes y otras tantas gafas de sol, la que se preocupa más de los demás que de sí misma, la que experimenta, la que busca su media naranja, o su medio limón, la que todavía ve películas de Disney y las disfruta como cuando tenía dos años, la amante del color azul y del número siete, la que no se quiere a sí misma, la que odia los ideales, la que sueña con despertar al lado del amor de su vida, la que se emociona al ver la Torre Eiffel, la que odia lo superficial, la que se mira en todos y cada uno de los escaparates cuando va por la calle, la que deja que le afecte todo  lo que dice la gente que le rodea, la que siente cosas que pocas personas de su edad son capaces de sentir, la que lo da todo, la que sería capaz de recorrer miles de kilómetros si él fuese la meta, si él fuese el próximo camino a recorrer. Soy la que anda en busca de un príncipe azul como el de los cuentos, que vaya hasta la torre más alta con tal de salvar a la princesa, que sepa amar, sin pedir nada a cambio. Soy la que se fija en las manos, los ojos y la boca, antes que en el culo o el paquete. Soy la que daría la vida por sus amigos. Soy la misma niña que, aquél Septiembre de 1998, con apenas tres años, se hizo fuerte, poquito a poco. Soy yo, la que sigue su camino a pesar de los grandes muros que se interponen en el mismo. Soy la que te espera, aún sin saber quién eres, y la que arriesgará todo por ti, amándote hasta el final de sus días. Esa soy yo. Aún no he cambiado, y dudo que lo haga en un futuro próximo. Pero, como siempre he dicho, la magia aparece cuando menos lo esperas, poniendo patas arriba tu vida y tu mundo.

Oír tu corazón latir conmigo al despertar, ese es mi sueño.

Joder, que eres el único que puede llegar a hacer que me sienta realmente feliz en el peor día de mi vida.


Ir caminando por la calle y no pensar en nada. Tener la mente en blanco, poder decidir qué pasa y qué no por tu cabeza. ¿No sería genial? Sí, tan genial como imposible. Siempre habrá algo que nos inquiete, que nos haga sentir una u otra cosa, que no parará de dar vueltas por nuestra cabeza, sin que nosotros mismos podamos impedirlo. Y no hay más remedio que aguantar esa inquietud. Pero, ¿de verdad no podemos hacer nada? Claro que podemos. Podemos dejarlo a un lado, y soñar despiertos. Es algo que me encanta. Ir por la calle, con mi música favorita sonando en los cascos, y soñar mi vida. Cómo me gustaría que fuese todo, qué me gustaría que sucediese, y qué no. Sonreír, sin que te importe que alguien se te quede mirando y pensando en lo estúpida que eres por sonreír por la calle, yendo sola. ¿Y qué más da? Es tu vida, y la de nadie más. Tú eliges si quieres o no compartirla, y con quién. Así que elige bien, y no tengas miedo a equivocarte. Los errores están para sacar provecho de ellos. Si te caes, te puedes volver a levantar. Y si te vuelves a caer, ya habrá alguien que te ayude esta vez a ponerte de pie. Pero sueña tu vida, y vive tu sueño. Eso es lo más importante.

I opened my eyes last night, and saw you in the low light. ♥




Las mañanas de invierno, en las que notas cómo el frío del invierno se te mete en los huesos. Las tardes de verano en casa metida, las noches en vela, el miedo de la noche, los madrugones. Son momentos que odio. Unos más que otros, claro. Pero he de reconocer que uno de los peores son las noches en vela. Esas estúpidas noches que, sin saber por qué, te despiertas y no puedes dormir. Pero el hecho de no poder dormir no es lo peor. Lo peor es que no sabes cómo sentirte, ni qué hacer. Así que te pones a pensar en algo bonito, algo que te gustaría que pasase, cierras los ojos, y lo imaginas todo. Pero de repente tienes demasiado calor, o demasiado frío. Y das mil vueltas en la cama sin saber qué hacer para quedarte dormida. ¿Un vaso de agua o de leche? Con lo oscura que está la casa, mejor no. Y, de pronto, cuando estás a punto de dormirte, abres los ojos. Le ves enfrente de ti, mirándote. Y piensas: qué ojos tan bonitos. Y sonríes, y sientes que le tienes cerca, que ya no debes sentir ese estúpido miedo, porque él está contigo, para protegerte. Sientes que le coge la mano, y que se te acelera el corazón al mismo tiempo. Pero ninguno de los dos dice nada. Cierras los ojos una milésima de segundo, y cuando los vuelves a abrir ves que se ha acercado más. Y tú no dejas de mirarle, eres incapaz de hacerlo. Miras su pelo, que te encanta; sus ojos, su nariz, su boca. Esa boca con la que tanto has soñado y que tan loca te tiene. Y él se vuelve a acercar, esta vez al 90%. De ti depende el 10% restante. Pero sin siquiera darte tiempo para pensar qué hacer, o simplemente para acercarte tú, te susurra gracias por existir, mi amor, y te besa. Sabes que eres feliz, porque lo tienes. ¿O no? Suena la alarma del móvil, y despiertas, esta vez de verdad.

Cada vez que no te tengo, hasta recítole al viento.

Te tengo en el cajón de los recuerdos, también el de los olvidos, en el de los sueños rotos y el de los sueños cumplidos.


De veras pienso que sería feliz contigo. Pienso que si realmente llegases a conocerme, tú también serías feliz conmigo. Es cierto, hay distancia. Pero, ¿qué es la distancia? ¿Es algo que no podamos vencer?  No, por supuesto que no. Si yo te digo "siete", si te pregunto qué es, ¿qué me responderías? Dirías: Siete no es más que un número. ¿Y bien? ¿Qué es entonces la distancia? Números, son sólo números. Eso es algo de lo que me di cuenta hace tiempo. Y, aunque a veces nos parezca que solamente nos une el amor, no es así, no es lo único. Hay un cielo que nos une. Podemos mirar la luna a la misma hora y sonreír, al saber que estamos aquí, en el mismo mundo, en la misma vida. Si hemos aprendido a querernos, que es el paso más difícil, ¿qué dificultad hay en recorrer unos pocos kilómetros para vernos sonreír el uno al otro? Yo lo haría. Cogería el primer tren t me plantaría allí, solamente para saber qué tal te fue el día. Para pasar una tarde contigo, incluso sin mediar palabra. Para sentir por primera vez que no existe el miedo. Para saber que te tengo cerca, y sentirlo así cuando haya un número de por medio. Para ver el brillo de tus ojos, para darte la mano. Valdría la pena, te lo aseguro. Y no me arrepentiría, siempre y cuando tú siguieses ahí, conmigo, a pesar de la estúpida distancia. Pocos días me bastaron para darme cuenta de que serías importante en mi vida. Y ojalá lo seas. Te quiero, ¿vale?, te adoro, que se entere todo el mundo. Y ahora sólo deseo poder verte, recorriendo los kilómetros que sean necesarios para conseguirlo. Porque si luego se acaba el mundo, me la sopla.

Saturday, you're mine.

Nada hay que pueda estropearme un Sábado. Es sagrado. Más sagrado que Lucas (mi osito de peluche) y mis pelis Disney. 


Necesito un sábado. Y cuando digo sábado quiero decir sol, nubes y brisa veraniega. O, por el contrario, bufanda, gorrito y mucho aire. Sea primavera, verano, otoño o invierno. Necesito un sábado. Necesito cascos, evasión, pensar en mí. Tomar decisiones, pensar en cambios, viajar por el pasado. Sumergirme en una historia que no sea la mía, o escribir una propia. Pasar de twitter, o tuenti, o cualquier otra red social. Dedicarme a mí, y a nadie más. Respirar profundo, y sentir el aire que pasa por mis pulmones. Sentir cada suspiro, pero sentirlo de verdad. Cuestionar la perfección, los ideales, las expectativas. Caminar sin miedo de que el tiempo pase, porque si pasa, qué más me da; ya tendré tiempo de parar el reloj cuando le bese. Mirar a mi alrededor. Observar todas y cada una de las cosas que me rodean, y analizarlas. Y dije cosas, no personas. Yo no analizo a las personas, las conozco. Mirar al cielo, y preguntarme por qué la naturaleza puede darnos cosas tan bellas como las nubes. Desear tumbarme en una de ellas, y mirar cara a cara al Sol.  Escuchar el tono de llamada de mi móvil, no contestar y apagarlo, para que nadie interrumpa mi día. Coger mi cámara y hacer un par de fotos, para no olvidar un sábado. Todos ellos son diferentes, pero igual de importantes. Los sábados, quiero decir.  Sonreír y que no me preocupe lo que piense la gente. Poner la música a tope, y bailar. Subirme al edificio más alto del lugar, y gritar como nunca he gritado. Y reírme después. Eso. Eso es un sábado. Perdón: eso es MI sábado.

No quiero volver a saber de ti.

Confié en ti, pero me has decepcionado. Por todo lo que me has hecho pasar, te odio.

Y, como todos los años, te escribo. Supongo que mereces saber lo que pienso sobre ti, por eso me gustaría hacértelo saber, y así será. Tú concretamente, fuiste peor que el anterior. Tú, hiciste que me juntase con gente con la que nunca debí estar. Por tu culpa, por haber hecho que confiase en esa gente, lo pasé peor que nunca. Sufrí, y mucho. Nadie podrá llegar a entenderlo. Me sentí sola, una vez más, como aquella tarde de invierno hace 13 años. Sola, completamente sola. Sentí que no había nadie a mi lado, para decirme "tranquila, no te estás equivocando", o simplemente para darme un abrazo. Esos abrazos que tan bien me sientan. Cómo los echo de menos. Y, por tu culpa, por tu jodida culpa, es algo que ya no tengo. No tengo abrazos, no tengo ganas de nada. Me tumbo en la cama, y pienso. Intento buscar ese por qué, que nunca llega. Tampoco hay alguien que pueda explicármelo. No me lo merezco, y lo sabes. Te lo tienen que haber contado los anteriores. ¿O me equivoco? Já. No, no me equivoco. Lo sabes. Lo sabes todo, absolutamente todo, pero te ha dado igual. Has hecho que recuerde tiempos pasados, no precisamente felices. Tiempos en los que deseaba estar muerta. Y, ¿sabes? Te odio por ello. Aunque no creo que te extrañe. Y si es así, si realmente te extraña, es que aún no me conoces como deberías. ¿Qué es lo que más me gusta hacer, eh? ¿Qué me gusta desayunar todas las mañanas? ¿Cuál es mi color favorito? ¿Y mi peli favorita? ¿Quién ha sido el único que ha estado siempre a mi lado? ¿A que no lo sabes? No, claro que no. Nunca te preocupaste por ello. El primer día que pude sentirte, pensé que harías que todo fuese mejor. Pensé que todo cambiaría, y que dejaría el pasado atrás. Pero no te has preocupado por darme bienestar, calor cuando tuviese frío, palabras amables. No. Sólo me has dado dolor. Y es por ello que nunca, jamás, podré sacarte de mi cabeza. Parece que ni siquiera en tus últimos días conmigo quieres demostrarme que realmente estás de mi parte, que realmente me quieres. Por ello, te deseo lo peor. Que te pudras en el más oscuro y profundo infierno, y que no vuelvas nunca, ¡jamás! Te odio, te odio tanto, que si por mí fuera, te irías ya mismo de mi vida. Aún quedan nueve días en los que estarás a mi lado. Disfrútalos, porque serán los últimos. Adiós, 2011.

La suerte de mi vida.

Las casualidades no existen. Pero sí creo en el destino. Y él fue quien te puso ante mí. Por eso, y por muchas otras cosas, Destino, te doy las gracias.


¿Suerte? Suerte... Claro, suerte. ¿Qué coño...? Está bien creer en la suerte. Está bien, porque hay que creer, hay que tener fe en todo. Pero lo que no puede hacer una persona es dejarlo todo a su suerte. Un examen, un viaje, un amor. En un examen, para aprobar tienes que estudiar. Si no estudias, no va a bajar el Espíritu Santo y te va a iluminar, chivándote todo. En un viaje, tienes que hacer un esfuerzo para comprar los billetes, hacer la maleta, ir al aeropuerto, facturar... Si no, las cosas no se hacen solas. Ni siquiera la suerte lo hace. En un amor... Ay, eso sí que es un tema complicado. Es una tarea al 50%. La mitad es suerte, y la otra mitad la forma de actuar. Pero la que más pesa realmente es la segunda. Eso sí, existen las reglas. Esas que a veces nos cuesta cumplir, pero que son imprescindibles. La forma de actuar juega un gran papel, pero tienes que ser tú mismo. Si no eres tú, con el tiempo la gente se dará cuenta. Si siendo tú mismo, consigues impresionar tanto a la otra persona, que quiera pasar el resto de su vida contigo, no has tenido suerte. No, claro que no. Has sido tú la persona que lo ha conseguido. Tendrás suerte cuando no baste con ser tú mismo. Pero, cree en ti, y no dejes actuar a la suerte, cuando puedas actuar tú.

Algunos respiran, yo vivo.

Que te rías un poco, coño, que la intensidad de una vida se mide en sonrisas. 


Vivir al límite. Sí, sin pensar en consecuencias, ni preocupaciones. Sin tener un por qué. Sin peros, aunques o alomejores. Yo respiro, pero también vivo. Vivo, lo mejor que puedo. Y sé que vendrán tiempos mejores, aunque estos no sean de los peores. Y entonces, yo seguiré viviendo al límite. Quiero seguir haciéndolo. Sentirme siempre niña, incluso cuando sea adulta. Seguir haciendo fotos siempre que salga, a cualquier cosa. Escuchar música con los amigos en cualquier rincón. Cometer miles y miles de locuras con ellos. Viajar, y viajar, y no dejar de hacerlo. Pensar en el hoy, y olvidarme del ayer y del mañana. Porque eso es lo que realmente importa. Si no vives hoy, nunca has vivido, y nunca vivirás. Piénsalo bien. Es así. Al fin y al cabo, todos hemos pensado alguna vez en un futuro, ¿no? Pero una cosa es pensar en él, y otra cosa es planearlo. Ajá. No planees, que todo venga sólo, que cada cosa nueva te pille por sorpresa. Porque si no, ¿qué gracia tendría la vida?