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Dar la vida por una putada.



Amor fugaz. Real, pero pasajero. Como el viento, o algo así. No sé. Yo prefiero llamarle putada.

Putada por enamorarte de una mirada. Rápida. Desconocida. Ajena. Que la sientes como tuya, porque sabes que le está pasando lo mismo. Pero apartas la vista. Por vergüenza, o vete tú a saber.

Sigues andando. Te pierdes entre la gente. Unos van con prisa, otros simplemente pasean y los niños corretean unos detrás de otros. Te chocas con un hombre alto. Pides disculpas. Joder. Dónde mierdas se habrá metido. Le buscas entre la gente, entre la multitud. ¿Qué ropa llevaba puesta? Yo qué sé, solo pude sentir cómo me miraba. Sentí lo que él sentía o pensaba. Incluso pude ver cómo sonreía mientras mostraba un semblante serio. Mierda, ¡mierda! Ahí está. Sólo. Aunque ahora me tiene a mí, desde hace apenas diez segundos. Lo sabe. Sé que lo sabe. Porque sé que él también ha podido ver lo que siento y lo que pienso. Ha podido ver que le he sonreído, sin que nadie más se percatase de ello.

Encuéntrame. Por favor. Encuéntrame sin necesidad de buscarme. Diles a esos ojos por los que mataría, o moriría, que me digan que me quieres. Y te dejaré en paz.

Y sucede. Como si alguien me hubiese oído pensar. Me mira, oigo hablar a sus pupilas. No gritan. Susurran. Eso les hace únicas. Pero vuelvo a perderlas. A perderle. Entre la gente.

Y mi mirada le gritó que le echaría de menos. Y la suya lo escuchó, independientemente de haberse cruzado o no con la mía.


P.D.: pero quién sabe. El mundo es un pañuelo, dicen.

¿Me susurras bajito, al oído?

Eres como un soplo de aire fresco en la mañana. Como el primer rayito de sol del amanecer y el último del atardecer. Único.



El viento y su silencio. Ese silencio que trae consigo tu nombre. Lo adoro. Se piensa que voy a olvidarlo, a olvidarte. Maldito iluso... (Nunca)


Hay silencios que no se olvidan. Silencios que podrían llegar a romperte el tímpano al llevar en su interior los gritos que el alma provoca cuando las cuerdas vocales se niegan a emitir sonido alguno; cuando el corazón está a punto de salir del pecho, pero la cabeza obliga a callar. (Miedo)


¿Sabes de esas lluvias que calan no sólo por fuera, sino que también hacen que te empapes por dentro? ¿Esas que podrías observar desde la ventana con un café caliente en la mano, pero que prefieres vivir? (Hmm, vida. Suena bien). A veces hay que vivir algo para entenderlo. Para mí, la lluvia era odiosa; no soportaba salir de casa y calarme entera, de arriba a abajo. (De hecho creo que sigo sin soportarlo...). Pero, sin querer, ese odio disminuyó notablemente la noche que salí a la calle con la única intención de mojarme. Sé que puede sonar estúpido. (Seguramente lo sea). Me limité a cerrar los ojos y sentir cómo iban cayendo sobre mí esas pequeñas gotitas de agua, una tras otra. Notaba cómo mi respiración acelerada tornaba a ser tranquila, apacible. (Calma). Sonreí y, al hacerlo, hubo algo que me sobresaltó de tal forma que mi corazón, junto con mi respiración, retomaron una velocidad de vértigo; el viento gritó su nombre.

Aléjate y observa.

Shhh... Hoy ningún pero, ¿vale?



Y, al conocerle, noté cómo el Universo me quería de repente. El mundo nunca estuvo de mi parte, pero eso ahora no importa. ¿Qué es el mundo comparado con toda una galaxia? Muchas veces las cosas van mal porque no nos hacemos preguntas como esa. He de reconocer que no creo en el amor a primera vista, aunque antes sí lo hacía. Lo único que ha cambiado en mí ha sido la forma de ver todo lo que me rodea. Esa puede ser la segunda causa por la que las cosas no vayan bien. La mayoría de las personas se limitan a mirar, y piensan que eso ya es suficiente para ver. Y no es así. Hay que aprender a mirar hacia dentro. Las personas son algo más que una cara y un cuerpo. Más que una forma de vestir.



Hace ya un tiempo que aprendí a hablar con las sonrisas, con los gestos, con las miradas que recibía. Pero también con todo eso invisible a los ojos de cualquiera. Hay tantas cosas que sentir y conocer de una persona, que si intentase numerarlas tendría que descartar hasta al infinito.




Pero te contaré un secreto: Para ver, basta con cerrar los ojos... sólo eso.



Y que te jodan.

¿Qué puede haber más estúpido que cambiar para ser aceptado?




Me he cansado de ser otra persona sólo por agradar a los demás. Y, ¿sabes una cosa? No hay nada mejor que ser uno mismo, aunque por ello seas criticado. ¿Que te molesta cómo soy? Pues lo siento. Yo seguiré amando la cara de empanada que tengo nada más levantarme, los pelos de loca, el pantalón remangado y la camiseta torcida. Seguiré siendo feliz cuando leo un libro mientras tú mueves la cabeza a destiempo a la vez que escuchas 'musicote' con tus colegas. Seguiré prefiriendo quedarme en casa, debajo de la manta y viendo cualquier película o serie chorra que haya en la tele, que salir de fiesta a guarrear. ¿Que escucho ruido y no 'música de verdad'? Pues perdona, tendremos conceptos diferentes. Seguiré estando a gusto mientras ando por la calle con los cascos puestos, sin pensar en ti, que pasas mirándome y criticándome por al lado, y viviendo en mi nube, y no en este maldito mundo. Seguiré siendo rara, porque me encanta. Ah, ¿sabes? Lo raro suele ser sinónimo de lo especial. No sé qué concepto tienes tú de la palabra 'normalidad', pero yo, desde luego, no creo que esa sea una palabra objetiva. Seguiré tomándome mi capuccino a media tarde y mi ColaCao antes de dormir. Yo no hablo con animales, hablo con seres vivos, adjetivo no aplicable a tus colegas. Seguiré usando una camiseta enorme como pijama en verano. Seguiré abrazando a mi peluche cada noche. Seguiré prefiriendo una tarde llena de mimos, besos, caricias, mordiscos y abrazos, antes que una noche de sexo duro. Seguiré creyendo en la magia, en el destino y en la posibilidad de realizar utopías. Seguiré subrayando cada frase o palabra que me llame la atención de un libro. Seguiré utilizando lo analógico antes de lo digital. Seguiré creyendo en cosas que nadie ve. ¿Y sabes por qué? Porque soy así. Y si veo que te jode, sonreiré, para que el grado de molestia que te cause se multiplique por un millón.

Mezcla un poco de ficción y realidad. Quiéreme.




Ya he llegado a casa, después de tres o cuatro intentos de sacar la llave de la mochila. Soy de las pocas mujeres en el mundo que prefieren colgarse una mochila a la espalda antes que llevar un bolso. Me parecen lo más incómodo del mundo. Cierro la puerta de un portazo y, de un salto, me tumbo en la cama. Doy media vuelta, miro al techo y respiro profundamente. Qué buena idea fue eso de poner una parte del techo de cristal. Son tan hermosas las estrellas… Sonrío, casi inconscientemente. ¿Sabes? Me faltas tú. Aquí, a mi lado. Espera, ¿qué es eso? Me pongo  de pie en la cama e intento alcanzar ese trozo de papel que hay pegado al cristal, pero no, no llego. ¿Cómo habrá llegado ahí? Qué raro. Voy a por la escalera. Salto de la cama, y voy al cuarto que hay al lado de la cocina. Es un cuartito pequeño, pero con suficiente espacio como para meter la tabla de planchar y cuatro cosas más. Abro la puerta y veo otro trozo de papel. Está pegado con celo. Por un momento siento miedo. ¿Quién será el responsable de esto? ¿Y cómo se las habrá ingeniado para entrar sin que yo me dé cuenta? Al fin y al cabo, mis días no son muy intensos. Me paso la mayor parte del tiempo en casa, aunque de vez en cuando salga a hacer un par de fotos. “Sonríe”. ¿Qué? ¿Que sonría? Una pequeña carcajada sale de mi boca y hace eco en las paredes del pasillo. ¡Eh, no sé quién eres pero lo has conseguido! He sonreído. Y me sonrojo, sin siquiera saber por qué. Cojo la escalera del cuartito y voy hasta el cuarto con la cabeza gacha. ¿Y ahora cómo lo hago? ¿Subo la escalera a la cama? No es pequeña, pero tampoco es tan grande como para alcanzar el techo poniéndola en el suelo. Pues encima de la cama. Qué miedo me da subirme a una escalera, hay que ver. Ya puede poner algo importante en ese maldito papel, porque si no me van a oír. Después de dar un par de tumbos, consigo cogerlo y me tiro en la cama. “Si quieres saber de qué va este juego, mira en el cajón”. Oh, vale. Pero, ¿qué cajón? Y me doy cuenta de todo. Ahí está, ese viejo cuaderno. Ese en el que anotabas frases que pasaban por tu cabeza fruto del destino o simplemente del azar. Frases y fotografías, miles de fotografías que hacíamos juntos. Cada día una. Tú, yo y esa vieja sudadera. ¿Lo recuerdas tan bien como yo? Me encantaba que me la prestases ya no solo porque tuviese frío, sino por capricho. Adoro tu forma de arrugar la nariz cuando sonríes. ¿Te acuerdas del día que elegimos el terreno para construir esta casa? Querías una casa de ensueño, esa que yo siempre había querido. Enredaderas por las paredes, un jardín con miles, qué digo miles, millones de flores de colores. Y un sauce al fondo, en el que poder acurrucarnos por las noches. Y por las tardes. Y a todas horas. Abrir la puerta de nuestra casa y encontrar un inmenso pasillo con las paredes forradas de papel. De fotos. Una cocina inmensa, en la que poder jugar con la comida mientras cocinamos. Sí, los dos. Tirarnos la comida el uno al otro entre risas y sonrisas, y acabar en la bañera. Qué bonito es el baño, ¿no crees? Me encanta sentirme como si estuviese bajo el mar. Y esas pequeñas lucecitas incrustadas en el techo de toda la casa, qué bonitas quedan. ¿No extrañas tu estudio? Pasabas las horas muertas ahí metido. Y yo siempre te decía que dejases la puerta abierta, para oír esas canciones que ponías mientras leía, mientras pasaba la tarde en mi habitación preferida. Toda llena de libros, con estanterías de formas casi imposibles y ese bonito ventanal al fondo, desde el que se ve todo el jardín rebosante de florecillas. Aunque si he de serte sincera, me habría conformado con poco, con muy poco, siempre y cuando tú hubieses seguido a mi lado. Siempre y cuando pasases días enteros acurrucado conmigo en el sofá, mirándonos sin cruzar palabra alguna. Te echo tanto de menos… Abro el cajón. Y ahí está, tu ropa, toda mezclada con la mía, como antes. Se me escapa una lágrima. Dos. Tres. Voy a tu estudio, pero no estás ahí. Te busco por toda la casa. ¿A qué juegas?

- Ven, amor.

¿Eh? ¿Pero de dónde…?

- Estoy aquí. Donde pasabas las horas mientras escuchabas cada canción que ponía. Donde nunca he llegado a entrar. Donde me gustaría pasar el resto de los días a tu lado.

Y ahí estás… en mi pequeño gran rincón. Y no soy capaz de reaccionar, pero tampoco de dejar de llorar.

- Ven aquí, a mi lado, anda. Siéntate, y no llores, que estás preciosa cuando sonríes. No arrugas la nariz como lo hago yo, pero tampoco está mal.

- Idiota.

- Tu idiota.

Cómo echaba de menos besarte entre miradas y sonrisas.

- Has tardado tanto en volver…

- Olvídalo todo y bésame, tonta.

Aceleras, pero él te ayuda a ir despacio.


Tonteas. Tonteas. Tonteas. Tonteas. Tonteas. Te ilusionas. Te enamoras. Sufres. Te haces promesas. Promesas que sabes que no vas a cumplir. Promesas como las que esa persona te hizo un día. Promesas que se van con el viento. Promesas que creías que algún día se cumplirían, pero que en este momento son inexistentes. Aunque un día tuvieron vida. Como tú. Prometes no volver a enamorarte. No volver a decir te quiero, ni nada que se le parezca. Prometes no volver a soñar con la sonrisa de alguien cuando duermes y querer tenerle al lado cada mañana cuando despiertes. No volver a hacer regalos estúpidos que no llevan a ninguna parte. No volver a escribir, ni para él ni para ningún otro. No volver a soñar. No volver a caer. Prometes acelerar sin pensar si vas o no muy deprisa. Acelerar. Pensar en ti antes que en nadie. Olvidar todos esos sueños que tenías en la cabeza. Esos malditos pájaros que no dejaban de revolotear y te guiaban, esos que querían que cumplieses todo aquello que anhelabas. Aquello que soñabas. Pero un día llega alguien que te enseña a frenar, que devuelve la vida a todo lo que quedó inerte. Y saltas. Llámalo locura, yo prefiero llamarlo magia, amor, vida. Saltas al vacío. No piensas en nada, tu mente se queda en blanco cuando ves que te mira. Es otro, no es la misma persona que te hizo daño. De hecho, es completamente diferente. Te entiende, te escucha, te mima. Pero cuando estás a punto de caer, cuando estás a punto de rozar el suelo con los pies, se para el tiempo. Te detienes. De repente tu corazón se acelera. Tienes miedo. Miedo de que la historia se repita, una vez más. Miedo de escuchar más promesas que no se vayan a cumplir. Miedo de soñar, miedo de vivir. Y entonces, cuando estás a punto de gritar o echarte a llorar, le ves. Ahí está, frente a ti. Y te dice que pares.  Para. Saltemos juntos. Y obedeces. Sonríes como creías que no ibas a volver a hacerlo. Vuelve a brillarte la mirada. Incluso sientes cosas que nunca antes habías sentido. Será que nunca habías estado enamorada, aunque estuvieses casi segura de que sí. Vuelves a soñar con la sonrisa de alguien y quieres tenerle al lado cada mañana cuando despiertas. Vuelves a hacer regalos estúpidos, que quizá no lleven a ninguna parte, pero le hacen sonreír, y eso te gusta. Vuelves a escribir, para él y para todo aquel que te anima a hacerlo. Vuelves a soñar. Vuelves a caer. Y frenas, porque él te ayuda a hacerlo. Piensas en ti, pero después de pensar en él. Vuelven los sueños a tu cabeza. Esos malditos pájaros que no dejan de revolotear y te guían, esos que quieren que cumplas todo eso que anhelas. Eso que sueñas. Alcanzas las nubes, llegas a tocarlas. Incluso puedes tumbarte en ellas. Y ahí te quedas, viviendo un sueño, tu sueño. Él te coge la mano, y vuelas.




Confesiones de un día como otro cualquiera.


Todo el mundo se pregunta cuál es el secreto de la felicidad, qué hay que hacer o a qué hay que renunciar para llegar a ella. Pues bien, yo os diré que también me lo pregunto cada día. ¿Decepción? Ya, bueno. Puedo tener respuesta para muchas otras cosas, pero el secreto de la felicidad no está entre ellas. De hecho, solo puedo decir un par de cosas al respecto. La primera, que la felicidad no es la meta. No. Eso hay que metérselo bien en la cabeza. La felicidad no es eso que perseguimos con todas nuestras fuerzas, por lo que tantos sacrificios hacemos y por lo que tanto sufrimos algunas veces. La felicidad es el camino. Es todo aquello por lo que pasamos. Las piedras, los muros, las lágrimas. Pero también las sonrisas y las buenas noticias que nos llegan cuando estamos recorriendo dicho camino. Ese que nos permitirá llegar a la meta y sentirnos dichosos, "felices". La segunda cosa que tengo que decir es que la felicidad no se consigue si es buscada. Es algo así como que si ella sabe que la buscamos, se esconde, cada día más y más. Por eso llega el momento en el que desistimos. No la encontramos. Y eso es lo que ella quiere. ¿Vamos a darle esa satisfacción? No sé tú, pero yo no. Por eso hace tiempo que dejé de buscarla. Prefiero pensar que cualquier día aparecerá, por sorpresa. Y eso será lo que me haga realmente feliz. La sorpresa. Ese momento inesperado en el que todo cambia, en una milésima de segundo. Incluso el motivo de que todo cambie, de que todo sea diferente, puede ser un motivo completamente distinto al que perseguíamos. No hay mejor remedio para encontrar la felicidad, que dejar de pensar en ella. Pero que haya que dejar de buscar para encontrar, no quiere decir que debamos estar con los brazos cruzados esperando a que algo suceda. Hay que disfrutar. Disfrutar del camino. De las sonrisas regaladas, de los abrazos inesperados, incluso de los besos robados. De los tropezones que nos provocan las imperfecciones del camino de tierra por el que caminamos. De las lágrimas que cada día nos hacen más y más fuertes interiormente.

Yo espero la felicidad. La espero de veras. Pero ya no pienso en ella. Mientras ella se decide a aparecer, yo me refugio en la música, en los libros, en mi amada fotografía y en este pequeño sitio que he creado en la web. Me refugio en ellos porque son mi camino. Son lo que quiero hacer, lo que me llena un poquito más cada día que pasa, lo que me hace ser persona. ¿Queréis saber por qué? Pues bien, os lo diré. Los libros me hacen creer en imposibles, vivir historias que no son la mía, preocuparme por inquietudes que tiene alguien ficticio y vivirlas como si fuesen mías, enamorarme de alguien que no existe y vivir esa aventura como protagonista de dicha historia. Abro un libro para cerrar el mundo. La fotografía me hace desconectar, viajar a lugares insospechados sin siquiera moverme del sitio. Puedo jugar con la realidad, cambiar la perspectiva a mi antojo. Puedo crear luces y sombras. Puedo dar vida a algo inerte. Pulso un botón para crear magia. La música me hace desaparecer del lugar en el que me encuentre, sea cual sea. Hay tantas y tantas canciones con las que me identifico que podría calificarlas como mías. Las canciones son aún mejores que los libros. Cuando un compositor o cantautor escribe una canción, lo hace porque tiene algo que contar. Es una especie de autoayuda. Escribe desde lo más hondo del corazón, contando historias personales de forma que no lo parezcan del todo. La música es puro amor.  Me pongo los auriculares y vuelo. Vuelo al son de The Beatles, sueño cómo sería mi vida en mundos lejanos o imposibles gracias a la voz del increíble Lennon. Vivo cada una de las notas de "Michelle", mi canción favorita sin duda alguna, y juego con su melodía. Cierro los ojos y me siento en una nube, junto a Paul, mientras él canta con su incomparable voz cada uno de los versos de esa preciosa canción. Disfruto de la entonación que pone cuando canta en francés. Lo disfruto de veras. Me transporto al escucharlos juntos, a los cuatro. Lennon, Paul, Ringo y George. Grandes, muy grandes. Los mejores. Y bueno, qué decir de este pequeño sitio que tengo en la web. Como ya mucha gente sabe, no lo creé con intención de darlo a conocer. De hecho, nunca pensé que llegaría a leerme tanta gente. Yo simplemente buscaba paz, desahogo, compresión y ánimo. De vez en cuando, cuando sentía que el mundo me superaba y que todo lo que me rodeaba se me quedaba demasiado grande, encendía el ordenador y me ponía a escribirlo todo, para después publicarlo. Creaba un mundo: mi mundo. Supongo que lo que buscaba era dejar constancia de algo mío. Para mi sorpresa, un día vi que la gente empezaba a leer todas esas cosas que yo publicaba. Personas que, como yo, sufrían o, por el contrario, disfrutaban del día a día. Personas que me daban las gracias por escribir, que me felicitaban. Y hoy en día sigue siendo así. No solo he encontrado desahogo, sino también amigos. Amigos a quienes no conozco. No sé sus nombres, la música que escuchan, su color y número favoritos. No sé dónde viven, ni qué color de pelo o de ojos tienen. No sé nada sobre ellos. Pero están ahí. Y toda persona que esté ahí animándome, para mí es un amigo. Podéis creer toda esta parrafada o no, pero para mí todo aquel que me lee y me anima a seguir escribiendo es alguien importante en mi vida. Mucho. Y quiero que sepáis algo. No sólo escribo por mí. También lo hago por vosotros. Gracias a vosotros. Escribo por todas y cada una de las historias que quedan por contar.

Y repito: no busques la felicidad. Deja de pensar en ella, y aparecerá cuando más la necesites.

Ese ser imaginario que habita en mis sueños.


Son las 3:35. Aún no me he dormido, no. No puedo. Ocupas mi mente entera. No me dejas dormir. Estoy por cogerme el primer tren y darte los buenos días cuando salgas de casa. Qué locura. Lo haría. Haría cualquier cosa por ti. Por nosotros. Je. Me gusta hablar de nosotros. Contar días es la mayor tontería del mundo. Se puede ser más feliz en un día que en dos años. ¿O no? Yo hoy soy feliz. Aunque sé que lo seré aún más cuando te tenga a escasos milímetros de mi boca. Eso debe ser el cielo. O el paraíso. Mi paraíso. Me gusta tumbarme boca arriba en la cama y mirar las luces y las sombras que se cuelan por mi ventana. ¿No podrías ser tú mi Peter Pan y colarte cada noche igual que ellas? Cierro los ojos y nos imagino en un sitio alto, muy, muy alto. Tú y yo solos, por la noche, tumbados. No, no miramos abajo. Miramos hacia arriba, y hay miles de estrellas. Millones. Y me miras. Yo me doy cuenta, pero sigo observando el universo y sus lucecitas parpadeantes. Dejas de mirarme y te miro. Me enamoro cada vez que me miras de reojo. Y me vuelve loca que te muerdas el labio mientras sonríes. Eres precioso, ¿sabes? Tiene mucho que envidiarte esa luna que nos ilumina. ¿Qué tal si le beso? Eso pienso mientras sigues mirando a lo alto. Pero mi mente se queda en blanco cuando me llamas princesa. Es superior a mí. Te quiero tanto, pero tanto.. Me miras y me dices que me quieres. Y yo, al ver que no estás nervioso, me acerco. Empiezas a morderte el labio, una vez más. Y yo te imito. ¿Sabes? De cerca tus ojos son mucho más bonitos. Me acerco un poco más, hasta que mi nariz roza la tuya. ¿Y sabes qué? A esta distancia escucho el ritmo al que late tu corazón. Cada vez más rápido. Vuelves a morderte el labio y te sonrío, a la vez que me acerco un poco más. Te oigo respirar. Casi te oigo pensar. ¿Y ahora, estás nervioso? Cierra los ojos, anda. Te beso. El mejor beso de mi vida. El definitivo. El que me dice que eres mío, que estás hecho para mí, que debo estar toda la vida contigo, que no te deje escapar jamás. Decido terminar el beso. El primer beso. Pero ahora eres tú el que se acerca, me dice que me quiere con la mirada, y me besa.

Y así cada noche..


Creo que decir que estoy enamorada de ti es decir demasiado poco. ¿Enamorada? Más bien entregada. Hace tiempo que mi vida dejó de ser mía. La guardé en la cajita más pequeña que tenía por mi casa, y la perdí. Por eso me sentía perdida yo. Era mi vida la que estaba en juego, pero todo parecía tan difícil.. Tenía las de perder, y lo sabía. Varias veces pensé en buscar esa cajita y tirarla. Tirarla al peor sitio del mundo, con mi vida dentro de ella. Pero nunca tuve el valor de hacerlo. La busqué, te juro que la busqué durante años, pero no la encontré. Supongo que si no la encontré fue por la poca fe que tenía en encontrarla. Desistí. Decidí dejarla allá donde estuviese, porque sabía que tarde o temprano volvería a mí. Y así ha sido. No creas que has aparecido sólo ante mí. No. Tú has encontrado esa caja. Tú me has devuelto la vida. Me has dado la vida. Es por eso que le has dado sentido a todo. Pero no podía darte las gracias sin más y llenarte de te quieros eternos. Eso es demasiada poca recompensa. Me has devuelto la vida, sí. Tú la has encontrado, y si ha sido así es porque debe ser tuya. SOY tuya. Ahora tienes el poder de hacer conmigo lo que quieras. Abrázame, quiéreme, mímame, bésame, dame todo el amor del mundo, o haz todo lo contrario. No me importa lo que hagas. Porque confío en ti. ¿Cómo no hacerlo después de haber encontrado eso que tantos años llevaba buscando? Te amo. Te amo por encima de todas las cosas. Por encima de cualquier pero. Te amo de aquí al infinito. No. El infinito se me queda demasiado corto. Lo daré todo. Porque no tengo miedo. Te quiero a ti, conmigo, ahora y siempre. Te amaré hasta morir. Y cuando muera seguiré amándote, aunque estemos cada uno en un mundo y tú te olvides de mí. Te amaré siempre. Te recordaré en cada discusión lo bonita que es tu sonrisa y lo guapo que te pones cuando estás nervioso. Seguro que estás precioso incluso cuando te enfadas. Quiero vivir eso. No me importa tener alguna que otra discusión. Luego viene la reconciliación. Dicen que eso es lo mejor, ¿sabes? Aunque yo pienso que no puede haber nada mejor que perderse en tu mirada. Aunque eso lo veo una tarea difícil. Para perderme en tu mirada tengo que estar cerca, muy cerca de ti. Y eso me parece una tentación irresistible.

Ven, anda. Ven a dormir conmigo. Abrázame. Dime que soy lo mejor que te ha pasado en la vida. Dime que eres mío y de nadie más. Regálame una sonrisa y te regalo la estrella que más te guste de todo el universo. ¿Que quieres la luna? Ven, que te llevo. Que doy mi vida porque seas feliz.


Son las 6:00. Buenos días, mi vida. ¿Sabes qué? No he dormido. No. Nada de nada. No me regañes, anda. Al fin y al cabo ha sido por tu culpa. ¿Cuántos privados te habré escrito en total desde que te has dormido? He perdido la cuenta. Ni un solo segundo en toda la noche he dejado de pensar en ti. Ni uno solo. Soy la chica más plasta del mundo, pero también la más afortunada. Te tengo. Yo, que soy lo más simple que hay sobre la faz de la tierra. Pero tú.. tú me haces sentir bien. Me haces sentir grande. Te quiero tanto que incluso a veces llego a quererme a mí de manera inconsciente. Me gustaría tenerte aquí para darte los buenos días, esos que tanto ansío. Un par de besos y el desayuno en la cama. ¿Acaso no te gustaría? Te prepararía cada semana tu plato preferido, te llenaría los días de te quieros. Me enfadaría solo para ver cómo me mimas después. Te despertaría de la siesta para que empezases a tirarme cojines a la cara, y acabar con una guerra de almohadas. Te echaría por encima una manta por las noches cuando te quedases dormido en el sofá. Estaría tan cerca de ti como tú quisieras. Para ti, para mí.. para nosotros, sería San Valentín todos los días, excepto ese estúpido 14 de Febrero. ¿Flores, bombones? Donde estén los achuchones y los buenos besos.. Donde estés tú..

Dime, ¿qué ves?



¿Ves a esa chica? Parece feliz, ¿verdad? Contando chistes, sonriendo, pasando buenos ratos, haciendo el tonto y... muriendo por dentro. En realidad está herida. Y cansada. Cansada de fingir, cansada de no ser lo suficientemente buena, cansada de la vida que le ha tocado. Pero no quiere parecer triste, no quiere ser el centro de atención. Así que se lo guarda todo para ella misma. Actúa como si todo estuviese bien, pero llora por las noches, cuando la manta le tapa por completo, y el silencio se apodera de todos y cada uno de los rincones de su cuarto. Llora, pero sin hacer el más mínimo ruido, teniendo como únicos testigos a sus libros, esos en los que se refugia cuando todo le supera, cuando siente la necesidad de vivir una vida que no es la suya. Abraza su almohada, imaginando que es a él a quien abraza, a ese con el que sueña cada noche, con el que le encantaría pasar las horas, pero que está tan lejos de sus posibilidades. Llora, y llora. Y cuando despierta, al vestirse, lo primero que se calza es esa sonrisa que le caracteriza, esa que siempre lleva. Y así, todo el mundo piensa que es la persona más feliz que conoce. Que no tiene problemas y que su vida es perfecta. Aunque en realidad no sea así.

Hola, rey.



Si, Lucas es mi oso de peluche. Y tiene mucho más corazón que la mayoría de hombres que me rodean.

Tener miedo. Temer que todo acabe, que nada sea igual de un día para otro. Que, sin esperarlo, llegue ese final que intento evitar, y no poder hacer nada para remediarlo. Porque es imposible volver atrás, retroceder en el tiempo y pararlo para que nada cambie. Pero, quiera o no, sé que ese día llegará, y no sabré qué hacer. Entonces iré al único sitio en el que puedo ser yo misma: mi cuarto. Y abrazaré a Lucas, con todas mis fuerzas. Él, sin siquiera poder hablar, ha sido el único que se ha tragado mis lágrimas desde hace años. Y lloraré, como toda cobarde. Pero una cosa estará clara, y es que habré hecho hasta lo imposible por lo nuestro. Porque cuando veo una sola posibilidad de conseguir algo que quiero, lucho con todas mis fuerzas por ello, aunque la mayoría de las veces me choque contra una pared y no consiga ni lo más mínimo. Prometí que perseguiría todos y cada uno de mis sueños. Lo que no tengo claro es si tú sigues siendo uno de ellos. No sé si debo continuar por el camino que he seguido hasta ahora, o cambiar el rumbo, buscar otra meta. Porque está claro que no soy perfecta, y menos para esta sociedad. No soy rubia, ni tengo los ojos azules, ni ese 90 60 90 que todos buscan. No soy una Barbie. Pero tampoco estoy buscando un príncipe. Sólo a un chico que me haga sentir como a una princesa.

Sólo hace falta creer.

Vente conmigo a vivir a la mejor fotografía jamas hecha.



Sobrevivir. Yo lo intento cada día. Pero está claro que no puedo sola. Necesito una mano que apriete la mía taaan, tan fuerte, que sienta que jamás voy a volver a caer. Tengo miles de ilusiones. Millones. Infinitas. Como todo el mundo. Pero me diferencio de los demás en algo. Jamás he intentado perseguir un sueño, nunca se me ha llegado a pasar por la cabeza. Veía todo demasiado difícil. -Un sueño.. un sueño hecho realidad. Sería genial, ¿verdad?-. Hasta que un día me cansé. Me cansé de esperar a que alguien (quién sabe quién) realizase mis sueños, y hoy en día soy yo quien los persigue. Son míos, ¿quién más iba a querer cumplirlos? Nadie. Sólo yo. Y por eso lo hago. Me he hecho amiga de las piedras con las que tropiezo, amante de los muros y murallas que me impiden avanzar, y enemiga del final. Así siempre puedo caminar, sin miedo a que haya algo que me lo impida, y sabiendo que no habrá un final triste, porque simplemente no lo habrá. Esa es mi forma de ver las cosas ahora. Ese es mi mundo cuando cierro los ojos y camino. Cuando me pongo los cascos y me olvido de todo, menos de mí. Cuando cojo una hoja en blanco y un bolígrafo, y me pongo a escribir cada cosa que pienso sin detenerme un solo segundo. Porque creo en mí. Sé que puedo dar un paso adelante cuando quiera, como quiera y por quien quiera. Sonreír sabiendo que alguien puede hacerme una foto, y no pensando que alguien pueda enamorarse de mí. Tropezar mil veces sin tener que mirar a quienes me rodean, para ver si alguien me ha visto. Cantar. Bailar bajo la lluvia. Dibujar infinitos por todas partes. Sentirme Garfio y Peter Pan a la vez, Mufasa y Scar, Cenicienta y la madrastra. Que me sea totalmente indiferente si pierdo mi zapato de cristal, muerdo una manzana roja o pierdo mis piernas para convertirme en sirena. Ven y súbeme en una alfombra mágica. Llévame hacia el infinito, y más allá. Tatúame tu nombre en la planta del pie.



Quiero nubes de colores, ¿me bajarías una?

Que eres un sol, así que brilla. Deslumbra.

Te quiero, siempre lo he hecho. Y me conozco lo suficiente como para saber que no dejaré de hacerlo.


Sigo echándote de menos. Sabía que sería así. Lo supe desde la primera vez que hablé contigo. Ha pasado mucho tiempo, y los dos hemos cambiado. Mucho. Somos personas totalmente diferentes a aquellos que un día empezaron a quererse. Han pasado mil cosas. Hemos cometido errores. Sobre todo yo. Y sé que es cierto que me he equivocado en varias ocasiones, sé que esquivar al destino hubiese sido la mejor solución en la mayoría de los casos, pero no lo hice. No tuve esa fuerza de voluntad. Nunca la he tenido. Pero lo que más me duele es haberte hecho daño a ti. Y me di cuenta de que no estaba actuando correctamente cuando hiciste ese pequeño gesto, ese comentario que hizo que volviera a sonreír de verdad, incluso sin saber que venía de ti. Siempre has estado animándome, escuchando mis problemas e intentando solucionarlos. Siempre has demostrado quererme, aunque no lo dijeses directamente. No he borrado ni uno de tus mensajes, ni uno sólo. Y cada vez que los leo, te echo de menos. Qué digo, te echo de menos siempre. Nunca sales de mi cabeza. Ni tú, ni tu sonrisa, ni nuestra canción. Ni tu forma de mirarme. 
Lo siento, sé que no hay forma de volver atrás, y no sé cómo será todo a partir de ahora. Pero quiero darte las gracias una vez más, por ser como eres y haberme hecho sonreír incluso cuando no lo merecía.

Just a dream.

Se que el sera el unico que llegue a quererme de verdad.


Qué vida perra. Nací, para esto. Para ser el ser más imperfecto que hay sobre la faz de la Tierra. Soy tonta, fea y muy, muy cabezota. Soy infantil, inocente, enamoradiza, peliculera, soñadora compulsiva. Miedosa, llorica, celosa y tengo mucho temperamento. No soy posesiva, pero me gusta presumir de lo que es mío. Sensible, alguien que se ilusiona con gran facilidad. La típica de pelo castaño y ojos marrones. Tengo una sonrisa horrible, y una nariz aún peor. Mi cuerpo no tiene siquiera definición. Soy alguien que escucha canciones tristes cuando está triste. Alguien que llora con películas románticas, e incluso con libros. Alguien que desearía morir en muchas ocasiones, pero que carece de valor para ponerlo en práctica. Soy desconfiada, incluso conmigo misma. Problemas de salud por todas partes. Imperfecta por naturaleza. Y no, con esto no quiero decir que quiera ser perfecta, porque no lo quiero ser. De hecho, eso sería peor aún. Quiero ser perfecta, pero perfecta para alguien. Que una sola persona se sintiese orgullosa de mí, de conocerme, de poder pasar tiempo conmigo, de poder darme un abrazo cuando le plazca, o un beso, o decirme te quiero en cualquier momento del día. Que me recordase todo el tiempo lo maravillosa que soy bajo su punto de vista. Pero, como hasta ahora, no esperaré gran cosa, sólo que esto cambie en un futuro, y que ese futuro no sea demasiado lejano.

Whatever. Whenever. With you.

Deja el miedo a un lado y camina, pero conmigo de la mano.


Miedo. Inseguridad. Nervios. Tristeza. Sonrisa. Felicidad absoluta. Miedo. Mucho miedo. Qué mezcla de sentimientos, cuántas sensaciones juntas. Sensaciones que son absolutamente contrarias, pero que a su vez se complementan. Separadas tienen mucho peso, muchísimo. Pero juntas lo tienen más aún. ¿Bipolaridad? No, no tiene nada que ver. ¿Carácter fuerte? Qué va, tampoco. Espera un momento, vuelve a leer esa pequeña parte del principio. Sí, sí, pero léela de verdad. ¿Ya? Y ahora bien, ¿te estás preguntando lo mismo que yo? ¿Por qué destaca el miedo? Aparece tres veces, dos de ellas seguidas, y una está potenciada. 'Mucho miedo' pone. ¿Me entiendes ahora, o aún no? El miedo siempre destaca, siempre está en lo más alto, intentando llamarnos la atención para que le hagamos caso. Nos incita a ser cobardes, a perder oportunidades, momentos clave, momentos únicos. Y nosotros le hacemos caso, nos hacemos 'amigos' del miedo y escuchamos sus consejos. Los humanos somos así de imbéciles. Sí, me incluyo. Yo he perdido grandes oportunidades, momentos clave, situaciones que hubiesen provocado un gran cambio, sea para bien o para mal. Si hubiese ignorado las propuestas del miedo, sus consejos, todo sería diferente ahora mismo. Tendría miles de recuerdos que no tengo, porque no los he llegado a vivir, y que fueron sustituidos por la duda y la pena. ¿Qué habría pasado si...? Te suena esa preguntita, ¿verdad? Hoy en día, el miedo me visita cada mañana, todos los días. Llama a mi puerta, o se sube en el pico más alto de la montaña gritando mi nombre. Es un gran amigo mío, después de tantos años. Pero he aprendido a vivir sin él algunos momentos de mi vida. Y, ¿sabes lo mejor? Que él lo entiende. El miedo entiende que no quiera hacerle caso, y apoya todas mis decisiones. Por eso, no dejes de vivir por miedo. Ignóralo, y acabará siendo tu gran apoyo.

No quiero un siempre.

Empezamos sin saber cómo. Me gustaría que acabásemos en mi cama, contigo a mi lado, susurrándome al oído lo mucho que me quieres.


Y es una noche más. Un día más. Y otro, y otro. Qué difícil. Le echo tanto de menos... Nadie imagina cuánto. No sé cómo lo ha hecho, cómo se ha convertido en alguien tan, tan importante, pero lo ha hecho, y ya no hay marcha atrás. No le conocía, no en persona. Podría haber aguantado días, semanas. No sé si meses. Podría haber soportado no verle. Pero ahora no, no puedo. Le vi, y sentí que mi mundo cambiaba. Que las nubes se iban, de repente, y que salía el sol. O que llovía. O que nevaba. No sé muy bien lo que sentí. Era todo tan diferente.. Llevaba mucho tiempo sin sentirme así, quizá demasiado. Tanto, que fue como volver a enamorarme por primera vez. Sentí esas mariposas en el estómago; qué digo mariposas.. elefantes. Estaba tan, tan nerviosa.. ¿Sabes lo que es mirar a una persona y no poder dejar de hacerlo? Uf. Estupendo. Yo personalmente, pasaría horas, días, semanas, meses mirándole. Queriéndole. Abrazándole. Besándole. Durmiendo con él. Caminando por la calle cogidos de la mano. Sonriendo al verle. Dándole los buenos días cada mañana. Enviándole un mensaje tres segundos después de habernos despedido, para recordarle lo mucho que le quiero.

Pero me conformo con un nosotros.

No me quieras mucho, quiéreme bien.

Enamorame, quiereme como nunca antes has querido.


¿Sabes qué es enamorarse de verdad? Enamorarse es conocer a alguien y sentir que lo tienes todo, notar cómo revolotean mariposas en tu barriga, con más intensidad de lo normal cuando ves que se acaba de conectar. Enamorarse es tener a todas horas el corazón en la garganta. Enamorarse es.. es sentir cómo viaja el aire por tus pulmones al respirar; es no saber si dar saltos por toda la casa, reír, o llorar de felicidad. Enamorarse es tener una sonrisa permanente, de oreja a oreja. Enamorarse es sentir que harías lo que fuese por una persona, que incluso darías tu vida por la suya, sentir que quieres verlo a todas horas, desearle como a nadie. Enamorarse es como tu número favorito, como la canción que más escuchas, como cantar en la ducha, como encerrarte en tu cuarto y subir de golpe el volumen de la cadena de música. Enamorarse es la completa felicidad. Es pasarse el día con el móvil en la mano, cuando normalmente lo dejas tirado en cualquier sitio, y ponerte de los nervios cuando suena e intentas desbloquearlo para ver si es su nombre el que aparece en la pantalla. Enamorarse es mirar sus fotos todo el tiempo, darle a 'Inicio' en tuenti cada tres segundos, querer que se pase el día diciéndote 'te quieros' y llamándote princesa.  Enamorarse es tener la necesidad de hacerle feliz cada segundo que pasa, cada minuto. Es querer parar el tiempo cuando hablas con él, querer mirar su sonrisa durante todo el día, o durante toda la vida. Es despertarse en mitad de la noche, y mirar sus mensajes para ver si existe de verdad o ha sido todo un sueño. Es pensarle a todas horas, sin límite de tiempo. ¿Tiempo? ¿Qué es eso? Enamorarse es quererle mucho, muchísimo, o poco, poquísimo, pero quererle bien.

Me llamo Patricia, pero puedes llamarme princesa...




Eres como el primer rayo de sol que calienta después de un invierno gélido, como el primer granito de polen que juega con el aire, como la nube que tapa el sol unos segundos en pleno Agosto, como la mirada de un niño al ver el mundo por primera vez, como una sonrisa de felicidad absoluta, como las palabras sabias de un abuelo, como cada uno de los sentidos que poseemos las personas, como el amor de una mascota, como una piruleta en las manos de un crío, como el estreno de 'Titánic', como un beso inesperado, como el consejo de una madre, como una siesta después de un día agotador, como tomar el sol al lado del mar, como el primer día de vacaciones, como una ducha de agua fría en verano, como la primera vez que alguien va a un parque de atracciones, como la fragancia natural de la persona más importante para ti, como el ColaCao de antes de dormir, como aprobar todas a final de curso, como la buena música en una fiesta, como ese momento incómodo en el que el chico rodea con su brazo a la chica mientras ven una peli en el cine, como quitarse los zapatos y tirarlos energéticamente, como sumergirte en un buen libro, como esa estrella que siempre está junto a la luna y es más grande que todas las demás, como las mariposas que revolotean en la barriga de algunas personas, como ver 'Los Simpsons' a la hora de comer, como la carcajada que se suelta después de haber aguantado la risa, como las películas de Disney, como una broma el día de los Santos Inocentes, como una rosa por San Valentín, como el árbol de navidad puesto con mucho mimo por un niño, como la primera vez que se nos cae un diente, como la primera vez que nos duchamos sin la ayuda de nuestra madre, como la primera vez que comemos en la mesa con papá y mamá, como la primera vez que se tiene una mascota, como la primera lágrima por amor, como los errores que cometemos a lo largo de nuestra vida, como el primer teléfono móvil, como un sábado noche.

Eres tan, tan importante...

¿Cambiarme? Ni lo sueñes.


Después de un tiempo de reflexión, de relax, de replantearme todo... Después de eso, no he llegado a ninguna conclusión. No he decidido nada diferente a lo que me había planteado anteriormente. Sigo siendo esa chica loca, rebelde, soñadora como la que más, amante de la música y los buenos libros, loca por las pelis, las chuches, la ropa y las pulseras, fan del olor a gasolina y el 'pelo guás'. Loca por los skaters y los raperos. Sigo siendo esa mujer encerrada en el cuerpo de una niña, que sueña con vivir un cuento, creyendo en imposibles. Sigo siendo la misma. La que ama el olor a café, el sonido de una buena guitarra, los sábados con la música a todo trapo, las mochilas y los bolsos, la ropa deportiva, que alguien se le quede mirando en el metro o en el autobús, el twitter, ir a más de 150 kilómetros por hora en un coche, las guerras de nieve, los bikinis y los pantalones cortos. La que puede ser tanto optimista como la más negativa. La que cruza la calle con el semáforo en rojo, la que olvida el mundo cuando se pone unos cascos, la que se convierte en la reina del pop cuando está en la ducha, la que es feliz con una cámara en las manos, la que ama los pijamas bonitos y el monstruo de las galletas, la que duerme con un oso de peluche, la que adora los días de sol y playa, la que odia el frío pero le encantan las bufandas, la que tiene ocho millones de bolis pero no usa ni la mitad, la que adora viajar, ya sea en avión, coche, metro, autobús o tren, la que se desahoga escribiendo, la que conoce gente siempre que puede, porque le encanta. Soy la que llora cada noche, la que piensa en el futuro sin dejar atrás el pasado y olvidando el presente, la que podría pasarse un día entero viendo una película tras otra, la que ama la fiesta, la que se emborracha de vez en cuando, la que odia que la gente coma con la boca abierta, la que tiene millones de relojes y otras tantas gafas de sol, la que se preocupa más de los demás que de sí misma, la que experimenta, la que busca su media naranja, o su medio limón, la que todavía ve películas de Disney y las disfruta como cuando tenía dos años, la amante del color azul y del número siete, la que no se quiere a sí misma, la que odia los ideales, la que sueña con despertar al lado del amor de su vida, la que se emociona al ver la Torre Eiffel, la que odia lo superficial, la que se mira en todos y cada uno de los escaparates cuando va por la calle, la que deja que le afecte todo  lo que dice la gente que le rodea, la que siente cosas que pocas personas de su edad son capaces de sentir, la que lo da todo, la que sería capaz de recorrer miles de kilómetros si él fuese la meta, si él fuese el próximo camino a recorrer. Soy la que anda en busca de un príncipe azul como el de los cuentos, que vaya hasta la torre más alta con tal de salvar a la princesa, que sepa amar, sin pedir nada a cambio. Soy la que se fija en las manos, los ojos y la boca, antes que en el culo o el paquete. Soy la que daría la vida por sus amigos. Soy la misma niña que, aquél Septiembre de 1998, con apenas tres años, se hizo fuerte, poquito a poco. Soy yo, la que sigue su camino a pesar de los grandes muros que se interponen en el mismo. Soy la que te espera, aún sin saber quién eres, y la que arriesgará todo por ti, amándote hasta el final de sus días. Esa soy yo. Aún no he cambiado, y dudo que lo haga en un futuro próximo. Pero, como siempre he dicho, la magia aparece cuando menos lo esperas, poniendo patas arriba tu vida y tu mundo.

Que mataré monstruos por ti.



¿Alguna vez has sentido que tu vida da un giro totalmente inesperado? Sí, como si todo cambiase de repente, sin darte cuenta. De repente, lo que antes era tu mundo, ya ha dejado de serlo, pero porque hay algo más importante que lo anterior, más fuerte, más bonito, mejor... Y ahora eso, lo último que has conocido, se ha convertido en tu mundo, en tu día a día, en tu vida. 
Sí, a mí me ha pasado. Yo tenía unos ideales, unas ideas fijas, unos proyectos, que sabía que podían variar, pero que hoy en día han desaparecido por completo. ¿Por qué? Pues porque ha entrado alguien en mi vida a quien no esperaba. Y esta vez, mi cabeza no formó parte del juego, fue mi corazón el que decidió y siguió adelante. Pero, cuando mi corazón creyó haber ganado, apareció la duda. ¿Me querrá tanto como yo le quiero? ... Imposible. O no. Eso dímelo tú. Porque tú eres quien ha roto los esquemas, los ideales. Tú has sido quien ha cambiado mi forma de pensar, de sentir. Te has convertido en mi mundo, de repente, sin darme cuenta. Pero aún así, me falta algo. Me faltas tú. Tú, tu sonrisa, tus ojos, tus miradas, y todas y cada una de tus palabras. ¿Qué me dices? ¿Quién es tu mundo?

Oír tu corazón latir conmigo al despertar, ese es mi sueño.

Joder, que eres el único que puede llegar a hacer que me sienta realmente feliz en el peor día de mi vida.


Ir caminando por la calle y no pensar en nada. Tener la mente en blanco, poder decidir qué pasa y qué no por tu cabeza. ¿No sería genial? Sí, tan genial como imposible. Siempre habrá algo que nos inquiete, que nos haga sentir una u otra cosa, que no parará de dar vueltas por nuestra cabeza, sin que nosotros mismos podamos impedirlo. Y no hay más remedio que aguantar esa inquietud. Pero, ¿de verdad no podemos hacer nada? Claro que podemos. Podemos dejarlo a un lado, y soñar despiertos. Es algo que me encanta. Ir por la calle, con mi música favorita sonando en los cascos, y soñar mi vida. Cómo me gustaría que fuese todo, qué me gustaría que sucediese, y qué no. Sonreír, sin que te importe que alguien se te quede mirando y pensando en lo estúpida que eres por sonreír por la calle, yendo sola. ¿Y qué más da? Es tu vida, y la de nadie más. Tú eliges si quieres o no compartirla, y con quién. Así que elige bien, y no tengas miedo a equivocarte. Los errores están para sacar provecho de ellos. Si te caes, te puedes volver a levantar. Y si te vuelves a caer, ya habrá alguien que te ayude esta vez a ponerte de pie. Pero sueña tu vida, y vive tu sueño. Eso es lo más importante.